Sueños de Duvalier despierto
"Ahora bien: los hombres no sólo sueñan durante la noche; ni mucho menos. También el día tiene bordes crepusculares, también en él se satisfacen deseos. A diferencia del sueño nocturno, el sueño diurno dibuja en el aire figuras libremente escogidas y repetibles, puede entusiasmarse y fabular, pero también meditar y proyectar. El sueño diurno puede sumirse durante horas libres en ideas, ideas políticas, artísticas, científicas. El sueño diurno puede aportar ocurrencias que no demandan una interpretación sino una elaboración, edifica también como un proyectista castillos en el aire, y no siempre castillos ficticios. (...) Para soñar despierto son circunstancias muy adecuadas el paseo solitario o la conversación entusiasta con un amigo de la juventud, o bien la llamada hora azul mientras empiezan a caer las sombras de la tarde. (...) El sueño que se sueña despierto tiene como primer rasgo el de no ser oprimente. (...) La casa de los sueños soñados despierto está también equipada con toda una serie de representaciones elegidas por uno mismo, mientras que el que se duerme no sabe nunca lo que le espera tras el dintel del subconsciente. (...) El yo del sueño soñado despierto puede hacerse tan amplio que represente a otros; los sueños diurnos mejoran el mundo.
Bloch, Ernest. El Principio esperanza [1] Editorial Trotta.
“El "gran escritor de los nuevos tiempos" será, el que comprenda y transforme "positivamente" el mundo para "retomar el hilo de la esperanza, de la construcción de un mundo vivible, no solo sostenible, para los seres humanos". Porque "pareciera que todo está hecho o que hemos llegado al final del recorrido", dijo Loyola, y afirmó que "la tendencia de muchos jóvenes escritores es criticar el mundo".”
Hernán Loyola, editor de las Obras Completas de Pablo Neruda (1999-2002). Diario El País.
No veo nada claro. Mis sentidos son gente que traiciona; los cinco o más sentidos no tienen perdón de dios. Qué verano, dios, de calor, virus, abismos, pasión, espiga y deseo. Soy el hombre viejo del pueblo, sentado delante de la casa encalada, tocado por un pañuelo húmedo sujeto con cuatro nudos. Miro y observo todo con los ojos del buho. El puño de mi bastón dibuja una curva de sarmiento y, acunándola, mis manos huesudas hacen la forma de un cazo invertido. A pocos centímetros, dos moscas orbitan mi cabeza; mis pupilas las siguen mientras están a la vista y aguardan quietas cuando se pierden detrás. Instantes después, el zumbido anuncia de nuevo su presencia, y mis ojos reinician el giro. Formas de marearme, sueños despierto. No veo nada claro, sin embargo. La luz del sol traza sobre mi cuerpo un triángulo anaranjado; mi sombra, sobre el pedregal, es violácea. Todo parece quietud, y sin embargo, nada está quieto. Una gota de sudor resbala sobre mi mejilla y su lento desliz deja en la piel un rastro rojizo. Por un momento siento la tentación de quedarme aquí, en este instante, eternamente. Quiero parar aquí; quiero a la historia detenida, el sol reinante suspendido para siempre en lo alto. Ahora oigo un ruido de motor que suena a lo lejos. Dejo las moscas y vuelvo mis ojos hacia la carretera. Se acerca un coche. El sol cae a plomo sobre el asfalto proyectando finos reflejos de luz estrellada. Fugaz, el coche entra en el pueblo, llega a mi altura, y en un instante inasible, comienza a alejarse. Mi mirada lo escolta hasta que se pierde de vista. El ruido ya es un vago rumor que poco a poco se desvanece. Un doloroso zumbido circular reaparece en mi oído.
En el bar, el último mozo que queda en el pueblo mete una moneda en la máquina y suena una música de Michael Jackson. La música se derrama en el silencio y acentúa los contrastes: retumba desde la iglesia hasta la pared desconchada del viejo frontón. De una de sus orejas, asgo el botijo de barro y me refresco. El agua desborda la boca y moja la cara, el cuello; la camisa blanca se empapa. Siento que la frescura me devuelve a la vigilia. Desde lo alto de mi brazo extendido agito el botijo: el chorro de agua serpentea, salpica, brilla, se ondula, hace como jacuzzi en mis músculos insolados.
Bloch, Ernest. El Principio esperanza [1] Editorial Trotta.
“El "gran escritor de los nuevos tiempos" será, el que comprenda y transforme "positivamente" el mundo para "retomar el hilo de la esperanza, de la construcción de un mundo vivible, no solo sostenible, para los seres humanos". Porque "pareciera que todo está hecho o que hemos llegado al final del recorrido", dijo Loyola, y afirmó que "la tendencia de muchos jóvenes escritores es criticar el mundo".”
Hernán Loyola, editor de las Obras Completas de Pablo Neruda (1999-2002). Diario El País.
No veo nada claro. Mis sentidos son gente que traiciona; los cinco o más sentidos no tienen perdón de dios. Qué verano, dios, de calor, virus, abismos, pasión, espiga y deseo. Soy el hombre viejo del pueblo, sentado delante de la casa encalada, tocado por un pañuelo húmedo sujeto con cuatro nudos. Miro y observo todo con los ojos del buho. El puño de mi bastón dibuja una curva de sarmiento y, acunándola, mis manos huesudas hacen la forma de un cazo invertido. A pocos centímetros, dos moscas orbitan mi cabeza; mis pupilas las siguen mientras están a la vista y aguardan quietas cuando se pierden detrás. Instantes después, el zumbido anuncia de nuevo su presencia, y mis ojos reinician el giro. Formas de marearme, sueños despierto. No veo nada claro, sin embargo. La luz del sol traza sobre mi cuerpo un triángulo anaranjado; mi sombra, sobre el pedregal, es violácea. Todo parece quietud, y sin embargo, nada está quieto. Una gota de sudor resbala sobre mi mejilla y su lento desliz deja en la piel un rastro rojizo. Por un momento siento la tentación de quedarme aquí, en este instante, eternamente. Quiero parar aquí; quiero a la historia detenida, el sol reinante suspendido para siempre en lo alto. Ahora oigo un ruido de motor que suena a lo lejos. Dejo las moscas y vuelvo mis ojos hacia la carretera. Se acerca un coche. El sol cae a plomo sobre el asfalto proyectando finos reflejos de luz estrellada. Fugaz, el coche entra en el pueblo, llega a mi altura, y en un instante inasible, comienza a alejarse. Mi mirada lo escolta hasta que se pierde de vista. El ruido ya es un vago rumor que poco a poco se desvanece. Un doloroso zumbido circular reaparece en mi oído.
En el bar, el último mozo que queda en el pueblo mete una moneda en la máquina y suena una música de Michael Jackson. La música se derrama en el silencio y acentúa los contrastes: retumba desde la iglesia hasta la pared desconchada del viejo frontón. De una de sus orejas, asgo el botijo de barro y me refresco. El agua desborda la boca y moja la cara, el cuello; la camisa blanca se empapa. Siento que la frescura me devuelve a la vigilia. Desde lo alto de mi brazo extendido agito el botijo: el chorro de agua serpentea, salpica, brilla, se ondula, hace como jacuzzi en mis músculos insolados.

